martes, 9 de febrero de 2010

Texto de Lynne Sachs para Punto de Vista

“EL ENSAYO CINEMATOGRÁFICO ES AUTORREFLEXIVO, IDIOSINCRÁSICO E IMPREDECIBLE”

“La comunidad de cine alternativo de Nueva York tiene ya más de medio siglo, pero soy testigo de que está viva y en forma. De hecho, me atrevería a decir que somos un próspero grupo de cineastas que vivimos y trabajamos en un entorno urbano que probablemente nunca más nos apoyará pero que nos inspira día tras día. Estamos viviendo una de las crisis financieras más duras que se recuerdan, así que no hay dinero para proyectos artísticos, en especial para aquellos proyectos experimentales que plantean retos a la forma. Aun así, nuestro mandato estético pervive y seguimos haciendo películas (en vídeo, claro) que alimentan nuestros deseos creativos y nos permiten involucrarnos con un público cada vez más atrevido. La revolución digital nos permite mantener nuestra práctica underground, incluso radical, con auténtica independencia. Aquí en la Gran Manzana, una vez que hemos hecho las películas nos dirigimos a una serie de locales de exhibición muy variados. Durante décadas, parecía que los términos “experimental” y “documental” eran, lingüísticamente hablando, contradictorios, impulsos mutuamente excluyentes que se cancelaban entre sí. Al haber pasado los últimos tres años editando el Millenium Film Journal sobre “experimentos en el documental”, sé que directores estadounidenses, en todo el país, están desafiando el modelo de televisión pública para hacer trabajos basados en la realidad. Están produciendo de todo desde cortas diatribas con found-footage hasta observaciones de los destrozos del Katrina, desde retratos de la indigencia a la ansiedad de los suburbios”.

CINES EN NUEVA YORK
“¿Dónde exhibimos nuestro trabajo en Nueva York, te preguntarás? Lo creas o no, hay muchas pantallas que nos acogen. El cine más respetado, comprometido y arriesgado de Manhattan es el Anthology Film Archive, fundado por el cineasta y escritor lituano-estadounidense Jonas Mekas en 1970. En Brooklyn, el público coge el metro para llegar a un almacén al lado del río para ver sesiones increíblemente bien programadas en el Light Industry. En Williamsburg, un barrio de artistas, un grupo de unos siete jóvenes cineastas ha convertido su pequeño bloque de apartamentos en un refugio intelectual y vital para la proyección y el debate en torno al documental. Muchos directores experimentales eligen distribuir sus películas en la Filmmakers Cooperative, el distribuidor con el mayor catálogo de películas de vanguardia en el mundo. Llevo en el consejo de la cooperativa desde que mi hija de doce años era un bebé, así que se puede ver lo comprometida que estoy con este colectivo de artistas. Nuestro lema es muy claro: “No hacemos películas de color de rosa, hacemos películas del color de la sangre”. Esto me lleva a una reflexión sobre el cine-ensayo, que lleva en pie desde las primeras articulaciones visuales de Dziga Vertov en los años 20. Fue Vertov quien enunció aquella expresión irresistible: “la cámara como un bolígrafo”. Para mí, el ensayo cinematográfico es el desafío definitivo al cine comercial narrativo, es autorreflexivo, impulsivo, idiosincrásico e impredecible. Cuando me dispongo a usar mi cámara para expresar mis ideas sobre una experiencia que he tenido en el mundo, nunca me apoyo en un guión predeterminado. Para mí, cada película crea su propio lenguaje, sea poético, discursivo, enigmático o incluso irracional. Partiendo de este único tejido de imágenes, la película invita al espectador a un viaje que no sólo lleva a una nueva conciencia de su sujeto específico, sino también a una abrupta familiaridad con su lenguaje cinematográfico.
Como jurado aquí en Punto de Vista, me honra tener la oportunidad de ver tantas películas que abordan, cuestionan y reaniman el en ocasiones moribundo idioma del cine documental. Por lo que he leído sobre el festival, este es un de los pocos lugares en el mundo en el que la práctica cinematográfica de trabajar con la realidad es siempre artística, inolvidablemente personal y se mueve empujada por el “fluir”.


“Vive la baleine de Chris Marker es un apasionado collage-ensayo”
Vi Sans soleil, de Chris Marker, a mediados de los 80 en San Francisco. Vi su forma de hacer cine atrevida y partiendo de deambular con una cámara. Viajó solo a Japón, Suecia y el oeste de África, donde se planteó la revolución, las compras, la familia y la mirada en un íntimo ensayo cinematográfico que sacudió el pensamiento de muchos más cineastas que cualquier otra película que yo conozca.
La película de Marker mezclaba una intensa empatía con la picaresca global. Al mismo tiempo jocosa y comprometida, la película me descubrió la posibilidad de fusionar mi interés por la teoría cultural, la política, la historia y la poesía (aspectos de mi vida que todavía no sabía conjugar) en una sola expresión artística. Mientras hacía un posgrado, escribí un análisis sobre la película y se lo envié a Marker, quizás un poco ingenuamente. En una nota de última hora, también le pregunté si buscaba un ayudante en su estudio de montaje. Como respuesta a mi solicitud de trabajo, Marker señaló que, a diferencia de los Estados Unidos, en Francia los cineastas no podían permitirse tener ayudantes. Y, como respuesta a mi interpretación semiótica de su película, señaló que su amigo (y mi héroe) Roland Barthes no había llegado a interpretar su obra como yo lo había hecho. Marker sugirió que continuáramos la conversación en persona, en San Francisco. Poco después, me encontré llevando a Chris en mi coche de su hotel en Berkeley al Café Trieste, en North Beach, donde hablamos de sus películas, sus viajes y mi sueño de ser cineasta. Entonces saqué mi cámara y educadamente le pregunté si podía sacarle una foto. “No, nunca permito eso”. Entonces se giró y se dio la vuelta, dejándome avergonzada y convencida de que mi amistad con Marker había terminado.
Hace tres años, Jon Miller, presidente de Icarus Films, la distribuidora con la ambos trabajamos, me contactó para saber si me gustaría ayudar a Chris en la realización de una versión en inglés de su película de 1972 Vive la baleine, un apasionado collage-ensayo sobre la situación de las ballenas. Por supuesto, dije inmediatamente que sí. Renombró la nueva versión de 2007 Three Cheers for the Whale.
Después de que terminásemos la película, viajé a París con mis hijas para hablar con Chris sobre todo tipo de cosas. Justo antes de que nos fuéramos de su casa, me enseñó un álbum de fotos y notas que había recogido durante años. Había acumulado cientos de fotos y artículos sobre un joven político afroamericano que acababa de empezar la campaña para ser el siguiente presidente de Estados Unidos. Chris estaba convencido de que ese candidato desconocido podría enfrentarse a unos Estados Unidos históricamente racistas y ganar. Yo tenía dudas.