domingo, 25 de febrero de 2007

Uku ukai


“Tome conciencia de su cuerpo y déjese ir”.
El cuerpo se sumerge en el agua y las hojas se acercan al cuerpo. El cuerpo ya no sabe nadar.
Una manada de humanos en estampida. Les persigue el tiempo. Y les alcanza.
Respirar. Reír. Caminar. ¿Para qué? Nos habíamos olvidado de cómo se hacía. Las rodillas débiles y el cuerpo arrugado nos recuerdan el instinto. Piden tierra y piden agua.
Animal/Humano/Animal.
El sudor gotea la voluntad del hombre que corre por la ciudad. El perro con la lengua fuera lo tiene más fácil.
El tiempo se agarra a la piel y deforma unos pies que se asustan y dan vueltas torpes sobre la alfombra de un salón. Por la noche, los humanos vuelven a su guarida. Y se tapan. Duermen.
La clave del ser humano no estaba tal vez donde intentábamos llegar y, una vez viejos, buscamos desandar hasta tocar un origen que estaba muy cerca.
Quizá volver a lo ingenuo y puro sea complicado cuando la esencia de las conductas básicas la conoce la voz de un radiocassette.
“Ahora está en armonía con sus pensamientos. Déjese ir.”
Inspire, expire.
-Ana-

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